El único día del año en que toda la empresa cabe en un cuarto termina con cada quien sentado junto a quien ya ve a diario. Qué cambia si se diseña.
Un estudio publicado en enero de 2025 siguió 8,546 operaciones en catorce departamentos quirúrgicos de cuatro hospitales universitarios de Francia. Para cada operación se contó cuántas veces el cirujano y su asistente habían trabajado juntos antes. En las primeras quince colaboraciones, la proporción de operaciones con algún evento adverso cayó de 23.0% a 16.5%1.
Nadie cambió de técnica. Nadie compró equipo nuevo. La misma gente, con más horas compartidas encima, se equivoca menos. Los autores lo escriben sin adornos. Armar equipos estables de quirófano debería ser una prioridad de gestión.
Eso vuelve interesante la posada de la empresa. Para muchas organizaciones es el único día del año en que toda la gente cabe en el mismo cuarto al mismo tiempo. Ahí se juntan contabilidad y almacén, la gente de campo y la de escritorio, los que entraron hace poco y los que llevan ahí desde el principio.
Lo que hemos visto una y otra vez es que la gente se sienta con la gente con la que ya trabaja. La mesa se arma sola, por costumbre. Por área, por turno, por piso. Nadie lo decidió. Es el resultado de no decidir nada.
El salón junta a toda la empresa y la vuelve a separar por áreas. La noche termina sin una sola conversación nueva, y al regresar a la oficina cada área sigue por su lado.
Una posada no entrega quince colaboraciones. Entrega la primera, y la primera es la que más cuesta conseguir el resto del año.
La investigación sobre rituales de trabajo se había quedado en los rituales chiquitos, como la porra con la que algunos equipos empiezan el día. En julio de 2025 se publicó un hallazgo sobre los rituales grandes, los caros. Fiestas de fin de año, eventos de bienvenida, retiros de empresa. El estudio encontró formas concretas en que esos eventos le sirven a la gente, y también varias trampas evitables que les quitan justo ese efecto2.
La segunda mitad de esa frase se cita poco, y es la más útil. El ritual grande no rinde por el simple hecho de existir. Rinde o se vacía según cómo esté armado. Y las fallas que lo vacían son evitables, lo cual quiere decir que el mismo presupuesto, la misma fecha y el mismo salón pueden producir dos resultados distintos.
Lo que hemos visto es que buena parte de esa diferencia se decide antes de la fiesta, en la invitación. La gente llega distinto a un cuarto cuando sabe para qué la citaron. Una invitación que dice hora y lugar produce asistentes. Una invitación que dice qué se va a cerrar produce participantes. Cuesta lo mismo mandar una que la otra.
Una posada hace una cosa mejor que cualquier otra fecha del año: reconocer a alguien delante de todos los demás.
En septiembre de 2024 se publicó el seguimiento de casi tres mil quinientos trabajadores de Estados Unidos entre 2022 y 2024, dentro de una investigación sobre reconocimiento. Solo el 22% dijo recibir la cantidad correcta de reconocimiento por lo que hace, exactamente la misma proporción que dos años antes3.
Ese dato es de Estados Unidos y no se traslada tal cual a una empresa mexicana. Lo que sí se traslada es la mecánica de abajo. El reconocimiento escasea porque depende de que a alguien se le ocurra, en el momento correcto, con las palabras correctas. Una posada resuelve la mitad del problema, porque el momento ya está apartado en el calendario y todo el mundo va a estar ahí.
La otra mitad depende de una distinción que se pierde muy seguido. Mencionar a alguien es leer su nombre desde un micrófono. Reconocerlo es contar, en treinta segundos, qué hizo, cuándo lo hizo y qué habría pasado si no lo hace. Lo primero se olvida esa misma noche. Lo segundo se repite en casa.
El reconocimiento específico resuelve también el problema de la mesa. Cuando alguien de un área escucha con detalle qué resolvió alguien de otra área, esa persona deja de ser un nombre en el correo y pasa a ser alguien con una historia. Ahí empieza la primera colaboración, aunque todavía no exista el trabajo que la va a necesitar.
Una posada se organiza contestando tres preguntas de logística: dónde, cuándo y de cuánto. Ninguna es de diseño.
Las de diseño son incómodas porque obligan a decidir quién tiene que conocer a quién antes de enero y qué del año merece decirse en voz alta con nombre y apellido. La tercera es qué empieza en enero que medio salón todavía no sabe. Con esas tres respuestas, las decisiones de logística casi se toman solas: cómo se arman las mesas, en qué momento habla quién, cuánto dura la parte formal y dónde va la música para que la gente pueda oírse.
Ninguna de esas decisiones encarece la fiesta. Lo único que cambia es el orden en el que se toman.
Diseñamos, producimos y facilitamos jornadas de equipo completas, y el cierre de año es una de ellas. El trabajo de organización y liderazgo arranca por esas tres preguntas y nunca por el salón. En el blog hay más textos sobre cómo se diseña el tiempo de un equipo. Y si la empresa ya tiene fecha y salón y lo que falta es el diseño, se puede platicar.
El estudio de los hospitales franceses modeló la relación con una curva logarítmica, que es la manera matemática de decir que sube fuerte al principio y luego se aplana. Las primeras veces que dos personas trabajan juntas son las que más rinden. Después la ganancia se vuelve chica.
Para la mayoría de la gente que va a estar en el salón, esa noche es una primera vez. En enero van a tener que pedirse cosas, mover una fecha o resolver juntos un problema con un cliente.
Pedírselo a alguien con quien ya se trabajó una vez sale más barato que pedírselo a un nombre en el correo, y eso ya está medido.
Si la posada es en Querétaro y hay que decidir quién la produce, en empresas de team building en Querétaro está lo que cada una dice de sí misma y a qué tipo de equipo le sirve.
Equipo Flow